Al morir Jesucristo en la cruz, la
ignominia de ese suplicio debía aniquilar, a juicio de sus enemigos, sus
ambiciones proyectos de supervivencia y eternidad. Y así tenía que haber sido,
si Jesucristo no hubiese llevado en su interior sino lo que lleva simplemente
un genio, un héroe, un conquistador…porque la muerte es el peso que todo lo
aplasta y pulveriza, hasta lo que está construido con más solidez y con
materiales más resistentes.
Sin embargo, en Jesucristo pasa todo lo
contrario. La cruz y la muerte que
parecía tener que ser el punto de llegada y la catástrofe final de su vida, fue
el punto de partida y el principio de una gloria imperecedera. Jesucristo es el
único grande hombre cuya gloria póstuma se va agrandando al paso de los siglos,
mientras que la gloria de los demás no es otra cosa, a fin de cuentas, que un
aplazamiento del olvido que dice Goethe.
Sin más ciencia, efectivamente, que la de
Jesús crucificado, sin otro apoyo que la virtud de la cruz, a pesar de los
Césares y de los filósofos, a pesar de la corrupción de la sociedad y de la
austeridad de las leyes cristianas, doce judíos desconocidos, los doce
apóstoles, se dirigen a los poderosos a los ricos, a los filósofos, para
imponerles la adoración de un crucificado, la creencia de misterios
incomprensibles y la práctica de virtudes sobrehumana…
Eso es la fundación de la Iglesia y la Iglesia
es la gloria póstuma de la divinidad de Jesucristo.
¿Ocurrirá a alguien que los apóstoles
les hubieran podido afrontar semejante obra con su ciencia, con su conciencia,
con su prestigio? Solo pensarlo hace reír…
La maravilla del
establecimiento de la Iglesia en el mundo puede cifrarse en esta frase: el cristianismo es predicado por ignorantes y
creído por sabios.
Jesucristo
Paradoja que Dios se complació en acentuar hasta los últimos limites.
Nadie puede decir que el cristianismo se propagase al socaire de la ignorancia.
Todo lo contrario. Acometió desde el
primer momento de la conquista de las dos grandes civilizaciones de entonces,
la griega y la romana.
Era particularmente aquel siglo de Augusto, siglo el más
culto e ilustrado, cuando el imperio romano estaba lleno de filósofos, de
oradores, de poetas, de historiadores. Y el cristianismo acometió la conquista
de aquellas dos grandes fortalezas sin más ejército que el que formaban los
doce apóstoles que eran, casi todos, unos pobres pescadores de Galilea.
Era
aquella la lucha de la pulga contra el elefante, o de las cañas contra el
acero. Dios no quiso valerse de sabios, ni de ricos, ni de nobles, para que
nadie creyese que el triunfo de debía a la prudencia, al dinero o al prestigio.
Y, efectivamente las cañas vencieron al
acero. Aún vivían los apóstoles cuando
ya San Pablo escribía a los romanos:
vuestra fe ha sido anunciada en todo el mundo. Cien años después de Jesucristo, según el
testimonio de San Justino, la religión cristiana contaba ya con fieles en todas
las naciones. Somos de ayer, escribió Tertuliano en Apología dirigía a los
magistrados de imperio y llenamos ya vuestras ciudades, vuestras islas,
vuestros mismos campos, el palacio, el senado y el foro: no os hemos dejado más que vuestros templos. Si intentáis desenterrarnos, el imperio
quedara desierto. <<está raza de
cristianos se extiende por todas partes>> decía Séneca. << el contagio de la superstición
cristiana escribía Plinio el joven, gobernador de Bitinia, al emperador
Trajano, no se limita ya a las ciudades, sino que ha invadido los pueblos y los
campos y se ha apoderado de personas de toda edad, sexo y condición. Nuestros templos están casi completamente
desiertos y despreciadas las ceremonias>>
No cabía duda. Alguna fuerza superior a aquellos pescadores
de Galilea debía haber fabricado la victoria.
Algo debía de haber dentro de aquellas cañas que tal fácilmente
derrocaban las construcciones de acero.
No hacen falta grandes luces intelectuales para comprender que todo
aquello sobrepujaba las fuerzas de los instrumentos y solo podía ser obra de
Dios.
Próximo capítulo (El
exterior de Jesús)
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